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Capítulo 2

CAPITULO 2

-Buenos días.

Fatigosamente, Jackie se incorporó en el suelo duro, y por un momento no supo dónde se hallaba. Con los ojos entrecerrados debido a la luz brillante del día, miró de soslayo a la mujer que estaba sentada en una roca frente a ella.

-¿Quieres un poco de café?

Mientras se frotaba los ojos y tapaba un bostezo, Jackie

consiguió tomar el jarro de lata que le alcanzaba la mujer. -¿Quién eres tú?

-La hermana de William.

-Ah -dijo Jackie, demasiado mareada todavía como

para hacer preguntas, pero no para mirar a su alrededor. El auto de William ya no estaba; en su lugar había una camioneta.

La mujer -bonita, de pelo oscuro, de unos treinta años sonrió.

-Debes de estar muy confundida. Te contaré lo que pasó. Anoche mi madre tuvo uno de sus hechizos, como los llama la familia. A menudo le acude la sensación de que uno de sus hijos está herido, 0 va a estar herido 0 en peligro. Dado que muchos de esos presentimientos resultan verdaderos, mi padre la escuchó cuando ella le dijo que William estaba perdido. Eso fue a las tres de la madrugada de hoy. Por casualidad, yo estaba levantada, de modo que me ofrecí para venir. No fue difícil encontrar a William; había dejado un mapa para indicar

dónde se hallaría. -Levantó las cejas en un gesto de burla fraternal. -William es una persona muy responsable. -Dijo esto último en un tono sarcástico, acompañándolo con un revoleo de ojos, como si también pensara que William era un poco atrasado con respecto a su modo de vivir.

Jackie abrió la boca para defenderlo, pero la cerró. -De modo que nos encontraste.

-Sí. Supongo que mi madre presintió el peligro.

Hizo un gesto indicando el avión de Jackie, todavía incrustado en la roca.

-¿Dónde está él?

-¿William? Oh, tuvo que irse. Dijo que debía ir a Denver lo antes posible, que debía comprar algo muy importante. No quiso decirnos, ni a papá ni a mí, de qué  se trataba.-Bajó la vista hacia su taza de café. -¿Acaso tú sabes lo que se propone?

Jackie se apretó las rodillas contra el pecho y no contestó.

William era muy responsable, pensó, y sintió que la recorría un pequeño estremecimiento. Sería bueno tener cerca aun hombre así. Charley era muy divertido, a todos les caía bien; pero no tenían que vivir con él. Charley nunca recordaba dónde había puesto las cosas; Jackie solía decir que ella vivía buscando lo que había perdido Charley. Cuando él aceptaba ir a dos cenas distintas en la misma noche, era Jackie quien tenía que dar la cara y rescatarlo de uno de los compromisos. Nunca se discutía la cantidad de dinero que Charley llevaba al hogar, pues nunca lograba llegar a la casa con el dinero que recibía, cualquiera fuese la cantidad. Cierta vez, habían pasado una semana agotadora de exhibiciones aéreas, para instrucción y delicia de unos cuantos cientos de granjeros y sus familias. El hombre que los contrató cometió el error de pagarle a Charley mientras éste estaba en el bar. A Charley lo llevaron a casa al día siguiente, demasiado borracho como para mantenerse en pie, y sin una moneda en el bolsillo; había invitado a todo el mundo a infinitas vueltas de bebida. No, la responsabilidad en un hombre no era algo a lo que Jackie estuviera acostumbrada.

-Apenas estés lista, papá y yo te llevaremos de regreso a Chandler y luego mandaremos a alguien para que se ocupe del avión -dijo la hermana de William.

-Gracias, será perfecto. -Tomó lo que le quedaba de café, se puso de pie y se estiró. Al mirar a su alrededor, no pudo dejar de sonreír. La noche anterior, William había dicho que se haría cargo de todo y ya había empezado. No sólo era un hombre responsable, sino también un hombre de palabra.

Muchos años atrás, Eternity había sido un pueblito floreciente, próximo a la gran ciudad de Denver, en la ruta a San Francisco. El descubrimiento de plata era la razón de la existencia del pueblo, y durante años los habitantes prosperaron. Construyeron en forma muy rápida, pero gracias a un carpintero rumano, que se había hecho rico, los edificios eran fuertes y sólidos, y no las comunes y endebles trampas de fuego que resultaban el soporte principal de tantos pueblos que surgieron y murieron en el transcurso de una década.

Cuando la plata se terminó, la mayoría de los residentes abandonó el pueblo, pero alrededor de 1880 se produjo un renacimiento de breve duración. Una joven millonaria de una familia extremadamente rica llamada Montgomery se mudó al pueblo y abrió una tienda de ropa con el patrocinio de otra gente rica que vivía a miles de kilómetros. Pero la joven se enamoró, comenzó a tener bebés y perdió interés por su tienda. y cuando su interés disminuyó, también lo hizo la calidad del negocio. Poco a poco, el pueblo de Eternity reanudó su descenso y fue abandonado por más gente. Los que se quedaron tuvieron hijos, que se marcharon tan pronto como pudieron. Cada persona que se fue vendió su casa y su tierra a los familiares de la joven que una vez había tratado de resucitar el pueblo, hasta que por fin todas las casas y todas las tierras fueron propiedad de la familia Montgomery.

Al comenzar el siglo XX, en el pueblo no vivía nadie y los edificios, que habían soportado bien el paso de los años gracias al experto carpintero y sus peones, estaban vacíos.

Hacía unos dos años, pocos días después de la muerte de Charley, Jackie había recibido una carta de un descendiente de la familia Montgomery, en la cual le decía que su familia, residente ahora en el vecino pueblo de Chandler, Colorado, necesitaba un servicio de transporte de carga desde Chandler a Denver y Los Ángeles; si a ella le interesaba el trabajo,

arreglarían las condiciones. Jackie aceptó enseguida el ofrecimiento, pero pasaron seis meses antes de que pudiera terminar con todos sus compromisos y quedar libre para mudarse a Chandler. Cuando Charley murió, ella había quedado demasiado dolorida como para pensar en su futuro, pero después descubrió que gran parte de sus ambiciones se habían ido con él. Tal vez las alabanzas de Charley cuando ella realizaba alguna gran prueba acrobática la habían empujado a hacer cosas cada vez más peligrosas. Fuera lo que fuere, ya no deseaba pasar su vida viajando alrededor del mundo, volando cabeza abajo en un avión ante un público asustado que contenía el aliento.

Le mandó al señor Montgomery una lista de lo que necesitaría: un campo de aterrizaje, un hangar con capacidad para cuatro aviones -tenía grandes esperanzas para el futuro- y una casa confortable que algún día compraría, dado que su sueño era tener su propia casa, un lugar que nadie pudiera arrebatarle.

Después de su decisión, debió pensar qué hacer con Pete, el mecánico de Charley .Conocía a Pete desde que era una niña; lo había visto por primera vez el día que también conoció a Charley, y él siempre había estado allí. Pero eso no quería decir que supiera mucho sobre él. Pete no hablaba, rara vez decía una palabra. Al principio, Jackie había considerado casi espectral su constante silencio, porque él estaba dondequiera estuviese Charley y le era absolutamente fiel.

-¿Acaso nunca dice nada? -le había preguntado Jackie a Charley una noche, en la cama.

Charley se había limitado a reírse.

-No subestimes a Pete. No habla, pero ve y oye todo. y es un mecánico brillante.

-Me da escalofríos -comentó ella, pero Charley volvió a reír, la abrazó y comenzó a besarla. Después de eso rara vez mencionaron a Pete; él era sólo algo que estaba allí, como los mismos aviones.

Con el correr de los años empezó a entender lo valioso que resultaba Pete y, a su vez, cuando el hombre pequeño y delgado vio que Jackie también le era fiel a Charley, que no coqueteaba con otros hombres, que no le hacía pasar malos ratos, empezó a cuidar de ella.

En forma gradual, a medida que pasaban los años, Jackie se acostumbró a él ya veces le hablaba; de alguna manera, su presencia resultaba reconfortante. Nunca daba ningún consejo; ni siquiera hacía comentarios cuando ella le hablaba. Se limitaba a escucharla y la dejaba resolver sus propios problemas.

Después de la muerte de Charley, fue natural que Pete se quedara con ella, pero cuando Jackie decidió mudarse a Chandler no supo qué decidir con respecto al mecánico. Le dijo lo que planeaba hacer, en la esperanza de que él contestara que conseguiría trabajo con alguno de los muchos amigos de Charley. Pero Pete la escuchó con cara inexpresiva y preguntó: ” ¿ Cuándo nos vamos?”. Esas palabras le demostraron a Jackie que él había transferido su lealtad a ella; supo además que eso era un gran tributo. Charley había dicho que Pete sólo trabajaba para el mejor. Ninguna cantidad de dinero lo haría trabajar para alguien que fuera -de acuerdo con sus reglas- menos que él. De modo que cuando Pete dijo que se iba con ella, supo que la estaba felicitando por su talento y por la decisión que había tomado. Impulsivamente, lo besó en la vieja mejilla curtida y tuvo el gran placer de verlo ruborizarse.

Jackie fue a Chandler en avión, y Pete fue en auto, junto con un remolque lleno de las cosas que necesitarían, es decir, herramientas y repuestos. Ni Pete ni ella tenían muebles o gran cantidad de ropa.

Jackie no tenía idea de lo que encontraría en el renovado pueblo fantasma de Eternity. Estaba preparada para ver casas derruidas con tejados azotados por el viento. Cuando ella y Charley atravesaban una racha de mala suerte habían vivido en lugares semejantes. Pero lo que encontró era hermoso. El señor Montgomery había reciclado el hotel del pueblo para que ella se alojara, y resultaba simplemente adorable. Las paredes del vestíbulo habían sido revestidas con papel color crema salpicado de flores rosadas. Habían barnizado toda la madera de roble. Cables nuevos se extendían desde Chandler hasta Eternity para que ella tu viera teléfono. En el primer piso habían instalado un hermoso baño de mármol rosado. Todo estaba limpio y daba una sensación de bienvenida.

Las caballerizas del pueblo se habían transformado en un enorme hangar con puertas levadizas para poder trabajar en los aviones aunque hiciera mal tiempo. La casa parroquial -Charley se habría reído- había sido arreglada para alojar a Pete. La herrería quedó convertida en un taller de trabajo con herramientas tan nuevas y modernas que casi hicieron salir lágrimas de los ojos fríos del mecánico.

Afuera, el señor Montgomery había construido la mejor pista de aterrizaje; no había reparado en gastos. y en los campos de las afueras del pueblo esperaban tres aviones accidentados cuyas partes serían aprovechadas como repuestos.

Nunca en su vida Jackie se había sentido tan bienvenida como en ese pueblo. Se encontraba tan cerca de Chandler como para no sentirse aislada, pero lo bastante lejos como para disponer de privacidad. Supo que había llegado a casa.

También supo que debía de haber alguna trampa, de modo que, cuando fue a lo del señor Montgomery con el objeto de hablar sobre su sueldo, estaba preparada para pelear. Casi podía oír a Charley diciéndole: “Mantente firme, muchacha. No permitas que te engañen. Establece el precio más alto que puedas imaginar y negocia a partir de allí”. Cuando llegó el momento de ver al señor Montgomery, a quien conocía desde siempre, las manos de Jackie transpiraban. Deseaba tanto quedarse en ese pueblito fantasma que casi estaba dispuesta a pagar para que le permitieran vivir allí.

Treinta minutos más tarde, salió aturdida de la entrevista. El señor Montgomery le había ofrecido tres veces más de lo que ella pensaba pedirle y le había dado opción para firmar un contrato de dos años. Iba a poder comprar muebles. ¡Iba a poder comprar cosas que le pertenecerían!

Ahora, un año más tarde, servía el té en la sala de su bonita casa.

-¿ Qué es lo que te pasa? -le preguntó Terri Pelman a su amiga mientras Jackie entraba en la sala con una bandeja.

Durante el año transcurrido, había invertido todas sus ganancias en embellecer su casa: mullidas sillas tapizadas, un enorme sofá verde musgo y rosa, una alfombra tejida a mano, un escritorio de caoba, antigüedades por todas partes.

-No me pasa nada -dijo Jackie al apoyar la bandeja con una adorable tetera y tazas sobre la mesa frente al sofá. Nadie que conociera a Jackie podría haber adivinado su ansiedad por tener cosas hermosas. Con Charley siempre había vivido al día; Charley pensaba que las pertenencias abrumaban a una persona. “No hay que tener absolutamente nada.”

-No puedes mentirme a mí, Jacqueline O’Neill. No me puedes embaucar como a la prensa. Te conozco desde siempre y sé con toda seguridad que está pasando algo.

Sonriendo, Jackie se sentó en una silla enfundada con una vistosa tela de algodón floreado. Mientras bebía un sorbo de té, miró a su amiga. Ambas tenían la misma edad, treinta y ocho años, pero nadie lo hubiera adivinado al verlas. Después de haberse recibido en la escuela secundaria, Jackie se había marchado para pasar su vida en todos los rincones del mundo, pero Terri se había casado con su novio un día después de la graduación. En tres años había tenido otros tantos hijos, que ya eran enormes y corpulentos muchachos de diecinueve, dieciocho y diecisiete años. Con cada hijo, Terri había aumentado de peso y nunca lo había rebajado; además, en algún momento del camino había decidido que estaba vieja. Cuando Jackie la regañaba por no cuidarse, Terri decía: ” A los chicos y a Ralph sólo les importa lo que pongo sobre la mesa, no lo que llevo puesto cuando lo hago. Podría parecerme a la Harlow y ellos no se darían cuenta”.

-Vamos, dímelo -pidió Terri en tono apremiante; luego agrandó los ojos y quedó boquiabierta-. ¡Conociste a un hombre! Es eso, ¿ verdad? Nosotras, las mujeres, somos unas tontas. Ni siquiera el matrimonio puede curamos de enamoramos, y si el matrimonio no logra curar a una persona, nada puede hacerlo. ¿Cómo es? ¿Dónde lo conociste?

Jackie deseaba contarle lo de William, pero temía quedar como una tonta. ¿Qué pasaría si William no se había sentido tan afectado como ella por la noche que habían pasado juntos? ¿Qué pasaría si él consideraba que había sido un encuentro común? Tal vez ya se había olvidado de ella y de la sociedad. Charley lo habría hecho. A menudo, Charley se emborrachaba, conocía a alguien y lo hacía sentir su mejor amigo. Proyectaba planes en común, lo entusiasmaba, pero veinticuatro horas más tarde, cuando lo buscaban para actuar de acuerdo con esos planes, él ya casi no se acordaba de nada. Por supuesto, le correspondía a Jackie arreglar la situación y sacar del lío a Charley una vez más.

-En realidad, no es un hombre -mintió Jackie-. Bueno, lo es, pero no desde el punto de vista a que tú te refieres. ¿Recuerdas que mi avión se cayó hace dos noches?

Terri sacudió la cabeza en un gesto de incredulidad. Después de sufrir un accidente de avión, cualquier otra persona habría permanecido en el hospital recibiendo atención médica y flores, pero Jackie se mostraba totalmente indiferente con respecto al percance. Hablaba de su accidente como otra mujer hubiera hablado de ir a la peluquería.

-Sí, lo recuerdo -dijo Terri, maravillada ante la valentía de su amiga.

-Allí había un hombre y…

-¿Qué? ¿Conociste a un hombre en medio de la nada? ¿Cómo se llama? ¿De dónde es? ¿Intentó algo?

Jackie se echó a reír. Cuando estaban en la escuela secundaria, ella y Terri casi ni se trataban. Terri tenía una familia normal, mientras que la de Jackie era rara y excéntrica. Empezaron a conocerse después de que Jackie se fue de Chandler. Cuando ambas tenían veinte años, Terri le mandó a Jackie una carta de felicitación por ganar su primera carrera, diciéndole que entendía la vida de ella porque la suya también era muy excitante. El día en que Jackie había ganado la carrera, al hijo de Terri se le había metido una avispa en la boca, a su esposo se le había caído un canasto en el pie y no podría trabajar por un mes, y ella se había dado cuenta de que se hallaba embarazada de su tercer hijo. ” Ahora todo lo que necesito es una plaga de langostas, y mi vida estará completa, escribió-. Por favor, cuéntame acerca de tu vida aburrida; necesito algo para contrarrestar la excitación y el alborozo de la mía.”

A Jackie, la carta le pareció original. Recibía gran cantidad de cartas de gente que había conocido en el pasado, pero muchas la hacían sentir culpable, dado que, por lo general, los autores dudaban de que ella los recordase ahora que era famosa. Era como si pensaran que el ganar una carrera digna de ser publicada en los diarios le hubiera anulado la memoria en forma instantánea. O que cada celebridad a la que conocía pudiera reemplazar a una “insignificante” persona de su pasado.

Jackie le escribió a Terri acerca de la carrera, acerca de la gente que había conocido, acerca de lo que significaba remontarse a gran altura por encima de la multitud en un espectáculo de aviación. Al principio escribía sobre los triunfos, pero a medida que pasaban los años comenzó a escribir sobre las derrotas y las penas. Escribió sobre la gente que veía morir en choques violentos, sobre hombres y mujeres que entraban y salían de su vida. Escribió sobre Charley y sobre cómo su irresponsabilidad casi la enloquecía a veces. Le dijo a Terri que le envidiaba su vida tranquila y apacible, su marido, que siempre estaba a su lado y se interesaba por la casa y los chicos.

Terri nunca le confesó a Jackie cuánto significaba esa correspondencia para ella. Las cartas que intercambiaban eran, en ciertas ocasiones, la mejor parte de su vida. Recurría a toda su creatividad para lograr que las suyas le resultaran a Jackie interesantes, graciosas y, por sobre todo, livianas. Era maravilloso que una mujer espléndida y encantadora como ésa le escribiera en un tono tan íntimo y sincero. A su vez, Jackie empezó a considerar a Terri como una mujer que poseía una madurez superior ala de su edad, alguien que había tenido la oportunidad de salir a ver mundo pero que sabiamente había decidido quedarse en su casa, echar raíces y criar hijos.

Terri nunca escribía nada que pudiera desengañar a su amiga. A veces era irónica, siempre tenía comentarios chistosos con respecto a Ralph y los chicos, pero, de alguna manera, ofrecía la imagen de una vida tan buena, tan maravillosa, que la obligaba a tomársela en broma.

La verdad era que Terri se había casado con el primer hombre que se lo pidió porque la aterrorizaba la idea de convertirse en una solterona. Aunque él quería esperar para tener hijos, temía tanto que Ralph la dejara que prefirió quedar embarazada en la noche de bodas, o tal vez alrededor de una semana antes (nunca estuvo segura de eso). Jamás le escribió a Jackie acerca de la verdad de su vida: que su esposo pasaba la mayor parte del tiempo con sus amigos bebiendo cerveza y que, cuando estaba en casa, se ponía un diario frente a la cara y dormía. En lugar de eso, le escribía a Jackie sobre una vida que parecía salida de una novela romántica. Hablaba, por ejemplo, de la huerta que había plantado con su marido con el objeto de disponer hierbas y verduras frescas para los chicos. La verdad era que él había perdido cuatro trabajos en cuatro años, y el padre de Terri le había plantado una pequeña huerta en el fondo para ayudarla a alimentar a los hijos. Por supuesto, los muchachos salían al padre y ni se les ocurría tocar una verdura, de modo que Terri pasaba largas horas envasando lo cosechado para intercambiarlo con un granjero soltero que tenía cerdos y obtener así la carne que ansiaban los hombres. Terri le escribía a Jackie que Ralph siempre pasaba los domingos en familia; en realidad, dormía desde el sábado a la noche hasta que se le pasaba la borrachera. Le comentaba a Jackie lo gratificante que resultaba tener una familia; pintaba un glorioso cuadro con manitas afectuosas que le llevaban flores, con boquitas que devoraban su deliciosa comida. Terri utilizaba hasta el último fragmento de su imaginación en sus narraciones acerca de una existencia ideal.

Era escribir esas cartas y planear lo que iba a contar lo que le acarreaba a Terri algunos de los momentos más difíciles de su vida. Mientras un chico grande y tenaz aterrorizaba a una vecinita y el segundo arrojaba la comida contra la pared de la cocina, mientras Terri vomitaba en el baño porque estaba embarazada del tercero, pensaba en cómo presentar su vida en las cartas a Jackie.

Cuando los chicos crecieron y llegaron a ser tan grandes como su padre, no pudo controlarlos, y las cartas intercambiadas con Jackie se volvieron todavía más importantes en su vida. La opinión de su marido con respecto a la educación de los muchachos era que, cuanto más malos fueran, más hombres resultarían. Cuanto más se metían en líos en la escuela, más orgulloso se sentía de ellos. Terri trataba de hablar con él, de decirle que estaba favoreciendo una conducta de delincuentes, pero el razonamiento del marido se basaba en que ésa era la manera en que lo habían educado a él, y él había salido bien. Terri sabía que no convenía señalar que nunca había conseguido conservar un trabajo por más de ocho meses porque se peleaba con los jefes. Sus hijos se parecían a él: discutían con maestros, directores, dueños de negocios, y con cualquiera que se les cruzara por casualidad en el camino.

La vida real de Terri y la vida que le describía a Jackie guardaban poca relación entre sí. Ahora que sus hijos grandes y torpes eran mayores y casi nunca estaban en casa, los momentos más brillantes de su vida consistían en esas visitas al viejo pueblo fantasma para pasar un rato con Jackie. No sabía si Jackie conocía la verdad acerca de su vida. No le hubiera costado mucho descubrirla, puesto que en Chandler todos estaban al tanto de los asuntos ajenos; pero Terri lo dudaba. Para la gente de Chandler, Jackie era una celebridad, y no creía que alguien fuera a correr a contarle detalles de la aburrida vida de la Señora Nadie Terri Pelman.

De modo que, tan a menudo como podía, visitaba a Jackie y las dos mantenían en pie la fachada de la espléndida vida de oro de Terri, en la cual tenía de todo: el amor permanente de un buen hombre, tres hermosos hijos que se habían convertido en jóvenes excelentes y destacados, una casa agradable y confortable.

-No fue así-dijo Jackie entre risas-. No fue un encuentro romántico. Quiero decir, él sí me besó, pero…

-Chocas con un avión, un hombre maravilloso sale de la noche, te rescata… -levantó las cejas- …y te besa, y tú dices: “No fue así”. Entonces, Jackie, ¿cómo fue?

-Terri, eres incorregible. Creo que sólo te sentirás satisfecha cuando me veas casada y embarazada.

-¿Y por qué no ibas a ser tan infeliz como el resto de nosotros?

-A veces pienso que lo que dices, lo dices en serio. Si no supiera la verdad acerca de lo mucho que amas a tu familia, yo…

-¡Cuéntame!

-En realidad, no hay mucho para contar.

En efecto, pensó Jackie, ésa era la verdad. Lo que había pasado entre ella y William tal vez lo veían sólo sus ojos. No quería decirle a Terri lo que estaba sintiendo y luego quedar como una tonta. y no quería en absoluto decirle a Terri que ese hombre era uno de los hijos de Jace y Nellie Montgomery. Por alguna extraña razón, Terri parecía creer que ningún hombre de Chandler valía nada. Conocía a todos los hombres de Chandler desde hacía tanto tiempo, que los consideraba incapaces de inspirar pasión, ni siquiera amor. Terri tenía su propio ideal de hombre perfecto: cuanto más exótico, mejor. Una vez le preguntó a Jackie cómo podía haber estado en Francia sin enamorarse de un francés. “o de un egipcio -había contestado Jackie, riendo-. Son los más buenos mozos de la tierra.”

-En realidad, es una cuestión de negocios. Mencioné mi deseo de abrir una empresa de transporte de carga, y él dijo que estaba buscando algo para hacer, de modo que eso fue todo. Viajó a Denver para comprar un par de aviones.

-¿ Y nada más?

-Nada más.

Terri no contestó, pero dejó su taza de té, se acomodó en la silla y contempló a su amiga.

-No me voy de aquí hasta que me cuentes todo. Puedo llamar a Ralph y pedirle que me mande ropa. Si los chicos extrañan a su madre, espero que no te importe si vienen a quedarse con nosotras. No molestarán.

Ante esa amenaza, Jackie tembló, pero se contuvo a tiempo. Terri era un perfecto ejemplo de ese dicho que afirma que el amor es ciego, porque esos hijos suyos, enormes, semianalfabetos y groseros, sólo le resultaban agradables a ella. La última vez que uno había ido a buscarla a Eternity, había arrinconado a Jackie en la cocina y comenzado a decirle que una mujer como ella debía de estar “muriéndose” por un hombre, y que él estaba dispuesto a “calmarle el hormigueo”. Jackie le había descargado el pie sobre el empeine mientras “accidentalmente” hacía caer una sartén sobre su mano izquierda. Desde ese momento, Jackie se ofrecía a llevar a Terri a su casa cada vez que su amiga no lograba que le prestaran un auto.

-Él… me gustó -dijo Jackie; deseaba hablar de William con alguien, pero al mismo tiempo no deseaba hablar. Su reacción ante William no tenía explicación, dado que había estado casada la mayor parte de su vida, pero la verdad era que nunca se había sentido “enamorada”. Se había casado con Charley para poder irse de Chandler. Charley lo sabía y no le importó que lo usara; estaba muy deseoso de cambiar unos votos matrimoniales por la compañía de una muchacha de

piernas largas como las de un potrillo, con una curiosidad insaciable y unas ganas de trabajar nunca vistas por él hasta ese momento. A las veinte horas de conocerla, Charley sintió que se ocuparía de él. No se había equivocado al juzgarla. En todos los años que pasaron juntos, ella se encargó de que las cuentas se pagaran, de que ambos tuvieran un techo sobre la cabeza, y había solucionado todos sus problemas, de modo que la vida tumultuosa de Charley se convirtió en algo apacible. Él la había recompensado al mostrarle el mundo.

-Me gustó -repitió Jackie-. Eso fue todo. Estaba allí cuando choqué, se ocupó de mí y hablamos. Muy simple.

“Hablamos como si nos hubiéramos conocido de toda la vida -pensó-. Hablamos como si nunca fuéramos a dejar de hacerlo; hablamos como si fuéramos amigos, viejos amigos, nuevos amigos, los mejores amigos.”

-¿ Quién es?

-Ah, este… William no se qué, no recuerdo. -¿ Vive en Chandler?

-No estoy segura. -Hablaba con rapidez para que Terri no le preguntase por qué había aceptado asociarse con un hombre cuyo apellido desconocía.

-Terri, le estás dando demasiada importancia a todo esto. No pasó nada. Conocí a miles de hombres en mi vida, les di lecciones de vuelo a cientos de ellos, y éste no es diferente.

-Puedes mentirte a ti misma, pero no puedes mentirme a mí. Te estás sonrojando como una escolar. ¿Cuándo voy a conocerlo?

-No lo sé. Creo que su hermana dijo que volvería el sábado.

El día estaba grabado en su mente. Sábado por la tarde, le habían dicho. A las tres, Jackie planeaba ponerse un delantal amarillo, y una blusa blanca debajo. Se daría unos toquecitos de perfume en unos lugares estratégicos y tendría pan haciéndose en el horno. Él la había visto con traje de aviadora, de cuero, con el pelo aplastado por un casco forrado de algodón, de modo que la próxima vez sería bueno mostrarle otra parte de ella, esa parte que podía hacerse cargo de una casa, tal vez incluso ser la esposa de alguien.

Jackie levantó la cabeza al oír la risa de Terri.

-¡Ah, querida, te veo mal, muy mal! Me recuerdas a mí misma cuando tenía dieciocho años.

El tono de Terri indicaba claramente que la manera de actuar de Jackie podía entenderse en una chica de dieciocho años, pero que resultaba muy tonta en alguien de treinta y ocho.

Ante el sonido de una bocina, Jackie saltó, dio vuelta la cabeza hacia la ventana y provocó nuevas risas en su amiga. -Es mi hijo mayor -dijo Terri.

-Hazlo entrar para que se sirva leche y galletitas -repuso Jackie, pero esperaba no tener que soportar las obscenas miradas socarronas del “muchachito”.

-No, debo volver -dijo Terri, con un valiente esfuerzo por sofocar la pesadumbre de su voz. Sus tres hijos y su esposo siempre se sentían traicionados cuando ella se atrevía a tomarse una tarde libre y no se quedaba en casa para servirlos, de modo que la castigaban haciendo lo posible para destruir la casa mientras ella no estaba. Sabía que regresaría y encontraría comida derramada en el piso, ventanas abiertas para permitir el ingreso de miles de moscas, y hombres enojados por que no les daban de comer desde hacía horas. -Te llamaré el domingo, y quiero enterarme de todo -agregó Terri al irse corriendo de la casa de Jackie porque su hijo estaba apoyado sobre la bocina para producir un constante flujo de sonido ensordecedor.

CAPITULO 1

Jackie estaba piloteando un avión, de modo que estaba feliz.

Mientras se remontaba hacia lo alto, recibiendo las brisas, entrecerraba los ojos frente al sol poniente, Jackie se desperezó y el avión también se desperezó. Jackie se movía y el avión se movía. Como si la estructura de la máquina fuera una segunda piel para ella, podía moverla tan fácilmente como movía su brazo o su pierna. Con una sonrisa, inclinó un ala hacia abajo para mirar el hermoso desierto de alta montaña de Colorado.

Al principio no creyó en lo que veía. Situado en el medio de la nada, a kilómetros de la ruta más próxima, había un auto. Pensando que el vehículo había sido abandonado, hizo girar al avión, inclinó las alas y accionó una palanca para retroceder y echar una segunda ojeada. El auto no se hallaba ahí el día anterior, de manera que tal vez adentro había alguien que necesitaba ayuda.

Bajó en picada hasta donde se atrevió, para que los árboles de piñones -que rara vez tenían más de seis metros- no interfirieran en la altura que necesitaba para permanecer en vuelo. Al pasar por segunda vez, vio a un hombre que, parado a la sombra del auto, levantaba el brazo en un gesto de saludo. Sonriendo, Jackie dio la vuelta y condujo el avión de regreso a su base de salida. Era evidente que el hombre estaba bien; tan pronto como llegara a su pista de Eternity, ella llamaría al alguacil para que enviara ayuda al viajero varado.

Se reía entre dientes. Los viajeros a menudo quedaban varados en aquella zona. Miraban el chato paisaje a los costados de la ruta y decidían ver la naturaleza de más cerca. Pero no tenían en cuenta las espinas tan grandes como el meñique de un hombre y las rocas cuyas aristas no habían sido desgastadas por la pesada caída de lluvia anual.

Tal vez porque se reía y no estaba atenta a lo que hacía, no vio el pájaro, grande como un cordero, que voló directamente hacia su hélice. Dudaba de haber podido evitarlo, pero lo habría intentado. Tal como pasaron las cosas, todo ocurrió muy rápido. En un instante estaba volando a casa y, al siguiente, plumas y sangre cubrían sus gafas protectoras mientras el avión se iba hacia abajo.

Jackie era buena piloto, una de las mejores de los Estados Unidos. Tenía mucha experiencia, claro; había recibido su licencia a los dieciocho años de edad y ahora, a los treinta y ocho, era una veterana. Sin embargo, arreglárselas con ese pájaro le exigió toda su sabiduría y habilidad. Cuando el motor empezó a chisporrotear, supo que debería hacer un aterrizaje con hélice calada, es decir, sin fuerza motriz. Con rapidez se sacó las gafas protectoras y miró en todas direcciones con el objeto de encontrar un lugar donde bajar. Necesitaba un claro largo y ancho, un espacio libre de árboles y rocas que pudieran destrozar las alas del avión.

El viejo camino al pueblo fantasma de Eternity ofrecía la única posibilidad. No sabía qué cosas habrían crecido o rodado a través de él durante los muchos años en que había permanecido abandonado, pero no quedaba otra elección. En un abrir y cerrar de ojos, enderezó la trompa hacia la “pista” y comenzó el descenso. Una roca enorme bloqueaba el camino -tal vez había rodado hasta allí durante el deshielo de primavera-,y Jackie rogó detener el avión antes de dar contra ella.

La suerte no la acompañaba, puesto que embistió la roca. Cuando el choque se produjo, oyó el crujido deprimente de la hélice al destruirse. Ya no siguió pensando. Su cabeza cayó hacia adelante y golpeó la palanca de mando. Jackie quedó inconsciente.

Lo que supo a continuación fue que la sostenían dos brazos masculinos muy fuertes que la sacaban del avión.

-¿Acaso eres mi caballero que me rescata? -preguntó como entre sueños. Sentía que algo caliente le bajaba por la cara. Cuando levantó la mano para limpiarlo, creyó ver sangre, pero sus ojos no funcionaban correctamente y la luz del día se desvanecía con rapidez. -¿Estoy malherida? -preguntó, sabiendo que el hombre no le diría la verdad. Había visto aun par de mutilados en accidentes de avión y, mientras yacían agonizantes, todos les habían asegurado que al día siguiente estarían muy bien.

-No lo creo -respondió el hombre-. Pienso que sólo te golpeaste la cabeza y te la rompiste un poco.

-Oh, bueno, entonces todo está en orden. Nadie tiene la cabeza más dura que la mía.

Él todavía la llevaba en brazos, pero su peso no parecía molestarlo en absoluto. Lo mejor que pudo, teniendo en cuenta lo mareada que se sentía, echó la cabeza hacía atrás para mirarlo. En medio de la luz menguante parecía alto, pero, recordó Jackie, ella acababa de romperse el cráneo en un accidente de avión y no podía confiar mucho en lo que veía. Nadie podía tener tanta suerte como para chocar en medio de kilómetros y kilómetros de nada y encontrar aun hombre buen mozo en plan de rescate.

-¿Quién eres? -preguntó ella con voz apagada, porque de repente sentía mucho sueño.

-William Montgomery -contestó él.

-¿Un Montgomery de Chandler?

Cuando él dijo que sí, Jackie se acurrucó contra su ancho pecho y suspiró contenta. Por lo menos no tendría que preocuparse acerca de las intenciones de aquel individuo. Si era un Montgomery, entonces era honorable y justo y nunca se aprovecharía de la situación; los Montgomery eran honestos y confiables durante las veinticuatro horas del día.

Una lástima, pensó Jackie.

Cuando se hallaban acierta distancia del avión, cerca del auto, que ella casi no distinguía debido a la poca luz, él la dejó cortésmente en el suelo. Le sostuvo la barbilla con la mano y la miró a los ojos.

-Quiero que te quedes aquí y me esperes. Traeré unas mantas del auto; luego encenderé fuego. Cuando no aparezcas en el campo de aterrizaje, ¿crees que saldrán a buscarte?

-No -susurró Jackie. Le gustaba la voz del hombre, le gustaba el tono de autoridad que tenía. Él la hacía sentir como si fuese a hacerse cargo de todo, incluso de ella.

-Tenía planeado pasar la noche aquí afuera, de modo que tampoco a mí vendrán a buscarme -dijo él-. Mientras yo no esté, quiero que permanezcas despierta, ¿me escuchas? Si tienes una contusión en la cabeza y te duermes, tal vez no vuelvas a despertarte. ¿Entendido?

Jackie hizo un gesto de asentimiento y lo observó mientras se alejaba. Un hombre muy apuesto, pensó mientras yacía en el suelo, y se durmió enseguida.

Pocos segundos después, él estaba sacudiéndola. -¡Jackie! ¡Jacqueline! -repitió varias veces hasta que ella abrió los ojos de mala gana y lo miró.

-¿Cómo sabes mi nombre? -preguntó-. ¿Nos hemos visto antes? Conocí a tantos Montgomery que no puedo recordarlos a todos. ¿Dijiste que tu nombre es Bill?

-William -replicó él con firmeza-. Y, sí, nos hemos visto antes, pero estoy seguro de que no lo recordarás. No fue un encuentro significativo.

-Encuentro significativo -repitió Jackie al cerrar los ojos de nuevo, pero William la hizo sentar, le puso una manta alrededor de los hombros y le frotó las manos.

-Permanece despierta, Jackie -dijo, y ella reconoció el tono de orden-. Quédate despierta y háblame. Cuéntame algo de Charley.

Ante la mención de su esposo, fallecido tiempo atrás ella dejó de sonreír .

-Charley murió hace dos años.

William trataba de recoger madera y vigilarla al mismo tiempo. La luz se iba rápidamente, y él apenas distinguía los pedazos de cholla y las trampas en la tierra. Había estado con el esposo de Jackie varias veces y le había caído muy bien: un hombre grande, robusto, de pelo gris, que se reía mucho, hablaba mucho, bebía mucho y podía pilotear cualquier cosa susceptible de ser piloteada.

Ahora, mirándola a ella, adormecida, sabía que debía darle calor, alimentarla y mantenerla despierta.

En ese momento ella se hallaba en estado de shock, y eso, combinado con la herida, podría impedirle que viera otro amanecer .

-¡Jackie! -dijo en tono cortante-. ¿Cuál es la mentira más grande que dijiste en tu vida?

-Yo no miento -afirmó ella.

-Claro que mientes. Todos mienten. No te pregunté si habías mentido o no; sólo quiero saber cuál fue tu mentira más grande.

Recogía la madera que encontraba mientras la interrogaba en voz bien alta; no podía dejarla dormir.

-Solía mentirle a mi madre acerca de dónde me encontraba.

-Puedes contestar algo mejor que eso.

Cuando Jackie habló, su voz era tan débil que él casi no la oyó.

-Le dije a Charley que lo quería.

-¿Y no lo querías?

William la alentaba a hablar mientras hacía una pila de madera a sus pies.

-Al principio, no. Era mayor que yo, tenía veintiún años más, y al principio yo lo consideraba un padre. Solía faltar ala escuela para pasar las tardes con él y los aviones. Me encantaron los aviones desde la primera vez que los vi.

-De modo que te casaste con Charley porque querías estar cerca de los aviones.

-Sí -respondió ella, con la voz cargada de culpa. Se sentó bien derecha y se llevó la mano a la cabeza ensangrentada, pero William le apartó la mano y le levantó la cara hacia él mientras le limpiaba la sangre con un pañuelo.

Después de haberse asegurado de que el corte, en el costado de la cabeza, no era tan grande, la tranquilizó y siguió interrogándola.

-Continúa. ¿Cuándo te diste cuenta de que lo querías? -No pensé en eso desde ningún punto de vista hasta cinco años después de nuestro casamiento. El avión de Charley se perdió en una tormenta de nieve y, cuando creí que tal vez no lo vería más, descubrí lo mucho que lo amaba.

Tras un instante de silencio, Jackie lo miró mientras él se inclinaba sobre la madera, tratando de inducirla a convertirse en fuego.

-¿Y tú? -preguntó Jackie.

-Ni siquiera una vez le dije a Charley que lo quería -bromeó William.

Jackie sonrió.

-No, ¿cuál es la mentira más grande que dijiste tú? -Le dije a mi padre que no había sido yo quien había abollado el guardabarro del auto.

-Mmm… -dijo Jackie, un poco más alerta–. No es una mentira tan horrible. ¿No puedes contar algo mejor?

-Le dije a mi madre que no había sido yo quien se había comido toda la tarta de frutilla. Le dije a mi hermano que mi hermana le había roto su honda. Le dije…

-Está bien, está bien -lo interrumpió Jackie entre risas-. Te entiendo. Eres un mentiroso consumado. Muy bien, tengo una adivinanza para ti. ¿Qué es lo peor que una mujer le puede decir a un hombre?

William no dudó.

-”¿Qué modelo de vajilla de plata prefieres?”

Jackie sonrió. Ese hombre empezaba a gustarle, y su abrumadora soñolencia comenzaba a disminuir.

-¿Y qué es lo peor que un hombre le puede decir a una mujer? -preguntó él.

Jackie contestó tan rápido como él.

-Cuando estás de compras y el hombre te dice: ” ¿Qué es exactamente lo que buscas?”

Entre risas, él recorrió la poca distancia que había hasta el auto para abrir la puerta y sacar el equipo de campamento.

-¿Qué es lo más agradable que un hombre le puede decir a una mujer?

-”Te quiero”. Es decir, si de veras lo siente así. Si no lo siente y lo dice, habría que azotarlo. ¿y tú? ¿Qué es lo más agradable para ti?

-”Sí” -contestó él.

-¿”Sí” qué?

-”Sí” es lo mejor que una mujer le puede decir a un hombre -Jackie se echó a reír .

-¿Ante cualquier pregunta? ¿No importa lo que le preguntes?

-Sería muy agradable oír un sí de labios de una mujer, al menos de vez en cuando.

-Oh, vamos. Con tu apariencia, ¿nunca oíste decir sí a una mujer a cualquier cosa que le hayas preguntado?

Con los brazos llenos de mantas y cantimploras y una canasta de comida, él le sonrió.

-Una o dos veces, no más.

-Está bien, es mi turno. ¿Qué es lo más bondadoso que tú hiciste por alguien sin contárselo a nadie?

-Supongo que agregarle un ala al hospital de Denver. Mandé el dinero en forma anónima.

-Oh, caramba -se asombró ella, recordando lo ricos que eran los Montgomery.

-¿y tú?

Jackie se echó a reír.

-Charley y yo estábamos casados desde hacía diez años, y con Charley nunca te quedabas en un lugar el tiempo suficiente para aprender el nombre de los vecinos. Pero ese año habíamos alquilado una casita que tenía una cocina muy bonita, y yo decidí prepararle una maravillosa cena para el día de Acción de Gracias. No hablé de otra cosa durante dos semanas. Hice planes y compras; el día de Acción de Gracias me levanté a las cuatro de la mañana y preparé el pavo. Charley se fue al mediodía, pero prometió volver a las cinco, cuando todo estaría listo. Iba atraer a algunos de los otros pilotos del campo de aviación y todo resultaría una fiesta. Llegaron las cinco y Charley no apareció. Llegaron y se fueron las seis, luego las siete. A medianoche me quedé dormida, pero estaba tan enojada que pasé la noche hecha un nudo. A la mañana siguiente allí estaba Charley, roncando en el sofá, y allí estaba mi hermosa cena de Acción de Gracias en ruinas. ¿Sabes lo que hice?

-Me sorprende que Charley haya seguido vivo después de eso.

-No tendría que haberle permitido vivir, pero pensé que lo peor que podía hacer era que no comiese nada de mi cena. Guardé todo en bolsas de arpillera, fui al campo de aterrizaje, me llevé el avión de Charley y volé hacia las montañas; estábamos en Virginia occidental, de modo que eran las Smokies. Allí vi una vieja cabaña arruinada que casi colgaba de una ladera, con un miserable hilito de humo que salía de la chimenea. Hice caer las bolsas prácticamente frente al porche delantero. -Levantó las rodillas hasta el mentón y suspiró. -Hasta ahora, nunca se lo conté a nadie. Más tarde oí decir que la familia afirmaba que un ángel había hecho caer comida desde el paraíso.

Para ese entonces, él ya había conseguido encender el fuego y le sonrió por encima de las llamas.

-Me gusta esa historia. ¿Qué dijo Charley cuando se quedó sin pavo?

Ella se encogió de hombros.

-Charley estaba contento si tenía pavo y también si tenía habas. Cuando se trataba de comida, Charley prefería la cantidad, no la calidad. -Levantó la vista hacia él. -¿Qué es lo peor que te haya pasado?

William contestó sin pensar.

-Haber nacido rico.

Jackie emitió un prolongado silbido.

-Uno pensaría que eso es lo mejor que podría haberte pasado.

-Lo es. Es lo mejor y lo peor .

-Creo que puedo entenderlo.

Jackie continuaba pensando en eso cuando William echó agua de una cantimplora en un pañuelo y, sosteniéndole la barbilla con la mano, comenzó a limpiarle la herida del costado de la cabeza.

-¿Cuál es tu secreto más profundo, más oscuro, algo que nunca le hayas contado a nadie? -preguntó él.

-Si lo contara, dejaría de ser un secreto.

-¿Crees que se lo diría a alguien?

Ella dio vuelta la cabeza y levantó la vista hacia las sombras que el fuego arrojaba sobre el hermoso rostro de William: pelo oscuro, ojos oscuros, piel oscura, esa larga nariz Montgomery. Tal vez se debiera a las circunstancias poco usuales, a la noche sombría que los rodeaba, al fuego, pero se sentía próxima a él.

-Besé a otro hombre mientras estaba casada con Charley -susurró.

-¿Eso es todo?

-Eso es muy malo según mis reglas. ¿Qué me cuentas de ti?

-Me eché atrás en un contrato.

-¿Eso fue realmente malo? Si habías cambiado de opinión…

-Fue la ruptura de una promesa, y ella pensó que era muy malo.

-Ah, ya veo -murmuró Jackie con una sonrisa, mientras se rodeaba las rodillas con los brazos-. ¿ Cuál es tu comida preferida ?

-El helado.

Ella se echó a reír .

-La mía también. Color preferido. -Azul. ¿El tuyo?

Lo miró.

-Azul.

William se acercó y se sentó junto a ella mientras se sacaba el polvo de las manos. Cuando Jackie tembló, debido al aire frío de la montaña, le pasó el brazo por los hombros, con un gesto tan natural como la respiración, y le hizo apoyar la cabeza en su pecho.

-¿Te importa?

Jackie no podía ni hablar. Era una sensación tan buena la de tocar a otro ser humano. Charley siempre había sido demostrativo y afectuoso, ya menudo ella se había sentado en sus rodillas, acurrucada en sus brazos, mientras él le leía alguna revista de aviación en voz alta.

No se dio cuenta de que el sueño la estaba arrastrando hasta que la voz de él la hizo sobresaltar.

-¿Qué es lo que más lamentas en tu vida? -le preguntó en tono enérgico.

-Haber nacido sin unas cuantas curvas a lo Mae West -contestó ella con rapidez. Solía quejarse ante Charley de que los hombres la trataban como a uno de ellos porque se la veía como a ellos: cara angulosa con mandíbula cuadrada, hombros anchos, caderas derechas y piernas largas.

-Estás bromeando, ¿no es cierto? -dijo William con voz llena de incredulidad-. Eres una de las mujeres más hermosas que yo haya visto. No puedo decirte la cantidad de veces que volví sobre mis pasos para mirarte caminar por las calles de Chandler.

-¿De veras? -se asombró ella, ya despierta del todo-. ¿Estás seguro de saber quién soy?

-Eres la gran Jacqueline O’Neill. Has ganado casi todos los premios de aviación que se otorgan. Has estado en todos los lugares del mundo. Una vez te perdiste durante tres días en medio de la nieve en Montana, pero te las arreglaste para salir caminando.

-En realidad, caí rodando por la ladera de una montaña. Fue sólo suerte haber aterrizado en un campamento de vaqueros.

Él sabía que Jackie mentía, porque había leído todo lo escrito sobre ella en esa época. Después de chocar en medio de una tormenta de nieve, se había abierto camino en el descenso por una ladera escarpada, realizando cálculos estimativos, avanzando con la débil luz solar durante el día y con las estrellas durante la noche. No había perdido la cabeza; a menudo había dejado, sobre la nieve, enormes flechas hechas con ramas de árboles para que los aviones que la buscaban pudieran encontrarla. Sonriendo, la abrazó con más fuerza y se sintió complacido cuando ella se le acercó más.

-¿Y cómo camino?-preguntó Jackie en forma tentativa, sin querer dar la impresión de estar pidiendo un cumplido, aunque así era.

-Con largos pasos que devoran la tierra. Hombres maduros interrumpen lo que están haciendo sólo para verte caminar, con los hombros echados hacia atrás, la cabeza erguida, el hermoso cabello movido por la brisa…

Jackie echó a reír.

-¿Dónde has estado toda mi vida?

-Exactamente aquí, en Chandler, esperando el día de tu regreso.

-Podrías haber tenido que esperar durante toda la eternidad, porque nunca pensé que regresaría. Años atrás me sentía muy temeraria. Lo único que deseaba era salir de este pueblito aislado. Quería moverme, ir a lugares y ver cosas.

-Y lo hiciste. ¿Fue tan bueno como pensaste?

-Al principio sí, pero al cabo de siete u ocho años comencé a desear otras cosas. Quería plantar semillas y verlas crecer. Quería saber con certeza que el lugar donde me iba a dormir sería el mismo donde me despertaría.

-De modo que, cuando Charley murió, volviste al aburrido y viejo Chandler .

-Sí -respondió ella, sonriendo contra el pecho de él-. El deprimente y viejo Chandler, donde nada cambia y todos están al tanto de los asuntos de todos.

-¿Ahora eres feliz?

-Yo… ¡Eh! ¿Porqué estoy dando todas las respuestas yo?

¿Qué me cuentas de ti? ¿Porqué no te vi antes? Pero claro, hubo un encuentro “no significativo”. No creo haberte visto antes, porque me habría acordado.

-Gracias. Lo tomo como un cumplido. -Se apartó un poco para tirar más madera al fuego. -¿Qué te parece si comemos algo? ¿Un sándwich? ¿Encurtidos?

-Parece delicioso.

Jackie percibió que él no quería hablar del primer encuentro de ambos, y dedujo que tal vez ella lo había tratado con arrogancia. Solía hacer eso con los hombres; salvaba su orgullo. Prefería decirle aun muchacho que ni muerta la encontrarían en un baile con un sapo como él, antes que decirle la verdad: que no podía comprar un vestido nuevo.

Había crecido en Chandler. Después de morir su padre, cuando ella tenía doce años, su madre, quien se consideraba una belleza sureña, se había postrado en un sofá y allí había permanecido los seis años siguientes. Cobraban dinero del seguro, y el hermano de su madre les mandaba algo, pero casi no alcanzaba. Le tocó a Jackie ocuparse de que la vieja casa decadente de las afueras del pueblo no se derrumbara sobre sus cabezas. Mientras otras chicas aprendían a usar el lápiz de labios, Jackie pasaba los fines de semana martillando en el techo. Cortó madera, levantó una verja, arregló el porche, construyó nuevos escalones cuando los viejos se gastaron. Sabía cómo usar una sierra de mano, pero no tenía idea de cómo usar una lima de uñas.

Cierta vez, cuando Jackie tenía dieciocho años, sobrevoló el lugar un avión con una gran bandera atada a la cola, anunciando una exhibición aérea que se realizaría el día siguiente. La madre de Jackie, tan saludable como un diente de león en un prado bien cuidado, decidió desmayarse ese día porque no deseaba que la muchacha la dejase. Pero Jackie asistió, y ahí conoció a Charley. Cuando él se fue del pueblo, tres días más tarde, Jackie iba con él. Se casaron a la semana siguiente.

La madre volvió a Georgia, donde el hermano se negó a soportar su hipocondría y la puso a cuidar sus seis hijos. A juzgar por las cartas que Jackie recibió hasta la muerte de su madre, hacía unos años, eso había sido lo mejor para ella. Después de dejar Chandler y volver a su propia gente, se sintió feliz.

-Veinte años -susurró Jackie. -¿Qué?

-Hace veinte años que me fui con Charley .A veces parece ayer, ya veces parece tres vidas más atrás. -Levantó la vista hacia él. -¿Nos conocimos en esa época, antes de irme con Charley?

-Sí -dijo William con una sonrisa-. Nos conocimos en esa época. Yo te adoraba, pero tú ni siquiera me mirabas. Ella se rió.

-Te creo. Estaba tan llena de orgullo juvenil… -Todavía lo estás.

-Lo del orgullo puede ser, pero ya no lo de juvenil.

Ante eso, William la miró por encima del fuego y, por un momento, Jackie pensó que se había enojado. Estaba a punto de preguntarle qué le pasaba, cuando rápidamente él rodeó el fuego, la tomó en sus brazos y la besó en la boca.

Jackie había besado sólo a dos hombres en su vida: a su esposo, Charley, ya un piloto que estaba por partir y que tal vez no volvería. Ninguno de esos besos había sido como éste. Este beso decía me gustaría hacer el amor contigo, me gustaría pasar noches contigo, me gustaría tocarte y tenerte en mis brazos.

Cuando la soltó, Jackie cayó hacia atrás con un ruido sordo.

-Creo que todavía hay algo de juventud en ti –dijo William con tono irónico mientras volvía a poner una rama en el fuego.

Jackie había quedado sin habla, pero sus ojos no se apartaban de él. ¿Cómo podía no recordarlo? Por lo menos había cinco chicos Montgomery en su curso de la escuela secundaria, pero no recordaba a uno llamado William. Por supuesto, todos los Montgomery parecían tener cinco o seis nombres de pila antes del apellido familiar. Quizás en aquella época lo llamaban de otra manera, Flash, o Rex, o quizás las chicas se limitaban a llamarlo Maravilloso.

Después del beso de William, hubo un silencioso embarazoso que fue roto por él.

-Muy bien -dijo con entusiasmo-. Tienes tres deseos.

¿Cuáles son ?

Ella abrió la boca para hablar, pero la cerró de nuevo mientras lo miraba con timidez.

-Vamos -insistió William-. No puede ser tan malo. ¿O lo es?

-En realidad, no es un deseo malo en absoluto. Es sólo que resulta tan… tan aburrido.

-¿Jackie O’Neill, la más grande mujer piloto de la historia, tiene un deseo que resulta aburrido? No es posible.

Enseguida se dio cuenta de que no quería decirle su secreto porque no deseaba decepcionarlo. Parecía saberlo todo acerca de ella, si es que uno puede saber algo acerca de otro en base a exagerados relatos periodísticos que dramatizaban hechos que, en realidad, eran muy comunes.

-Quiero echar raíces, quedarme en un lugar, y Chandler me es familiar -respondió Jackie-. Ahora que vi el resto del mundo, sé que Chandler es un buen lugar. Pero no puedo vivir en ninguna parte si no tengo una forma de ganar dinero. -Levantó una mano cuando él empezó a hablar. -Lo sé, lo sé, tu familia y los Taggert me pagan bien cuando desean que vuele a algún lado, pero nunca ganaré bien con una empresa de una sola persona. Quiero contratar a unos cuantos pilotos jóvenes, administrar una pequeña empresa. Me gustaría delegar una parte del trabajo. Me gustaría transportar pasajeros y carga, tal vez algo de correo, entre aquí y Denver, pero necesitaré un capital importante para poder montar una estructura así.

-Pero… -Él no encontraba la manera de formular sus pensamientos con palabras que no resultaran ofensivas.

Jackie supo lo que William estaba pensando.

-Jackie O’Neill la más grande mujer piloto de este siglo, reducida a transportar correo desde Colorado a la Costa Oeste. Reina de la pirueta horizontal reducida a acarrear postales. Ah, qué horror. Ah, qué gran tragedia. ¿Eso es lo que piensas?

William bajó la cabeza, pero ella vio que tenía la cara tan roja como el fuego. Un hombre que se ruboriza, pensó.

-Todo ese asunto de la osadía es para los chicos. Yo ya tuve mi cuota.

Él volvió a sentarse junto a Jackie y la miró con ansiedad.

-Estoy seguro de que podrías instalar tu empresa si lo desearas. Hay maneras de hacer que ese tipo de cosas sucedan.

“Si uno tiene tanto dinero como los Montgomery”, pensó ella, pero por supuesto no lo dijo.

-Aun el mejor de los pilotos debe tener un avión y, la última vez que vi el mío, tenía la trompa aplastada contra una     roca de tres toneladas.

Había un tono condescendiente en su voz.

-Entiendo. -Mientras la rodeaba con el brazo, él mantuvo los ojos bajos. -Deseo número dos.

-No. Quiero tu deseo número uno.

-Tengo un solo deseo. Quiero hacer algo por mí mismo, algo que el dinero de los Montgomery no pueda comprarme.

-La miró. -Tu turno. Segundo deseo.

-¿Pelo enrulado? -preguntó Jackie, haciéndolo sonreír.

-Dime la verdad. Debe de haber otras cosas que desees en la vida, además de un negocio. -Lo dijo como si ella lo hubiera decepcionado al no desear una alfombra mágica o tal vez paz para el mundo. -¿Qué me dices de otro marido?

Había tanta esperanza en su voz que ella se echó a reír . -¿Te ofreces como voluntario?

-¿Aceptarías mi oferta?

Ante el tono anhelante, casi serio, de la voz de William, Jackie trató de apartarse, pero él la retuvo.

-Está bien, me portaré correctamente.

-¿Cuál es tu segundo deseo? -preguntó ella. -Probablemente, ser tan buen hombre como mi padre. -Con todas tus mentiras, no eres ni siquiera tan bueno  como las chicas Beasley.

Él se rió y la tensión que había entre ambos desapareció. -¿De manera que no me dirás cuáles son tus otros deseos, tus otras necesidades en la vida ?

-Si te los dijera, pensarías que soy ridícula. -Inténtalo.

En él había cierta ansiedad que la hizo desear decirle la verdad. Si hubiera estado con alguno de los amigos de Charley, habría inventado algo entretenido como ganar la Taggie, pero en ese momento sólo quería decir lo que de veras deseaba.

-Está bien, lo que más anhelo es normalidad. Durante los primeros doce años de mi vida, tuve un padre achacoso y una madre hipocondríaca. Después de la muerte de mi padre, tuve una madre inválida. Ansiaba ir a los bailes de la escuela y cosas así, pero no lo conseguía. Alguno de mis padres siempre me necesitaba. Durante los últimos veinte años, viajé y volé y tuve una vida muy excitante. A veces parecía que cada día traía algo nuevo y emocionante. Charley era tan movedizo, tan inquieto, como mi madre era inamovible. Almorcé en la Casa Blanca, estuve en casi la mitad de los países del mundo, conocí un gran número de personas famosas. Después del… -Casi no lo miró. Hacía unos años, había prestado un servicio que debía realizarse en aquel momento, y luego Estados Unidos había hecho una gran alharaca al respecto. -Mi foto salió en los periódicos -terminó.

-Una heroína norteamericana -dijo él con los ojos brillantes.

-Tal vez. Fuese lo que fuese, me gustó.

-Pero  luego Charley murió y tú cambiaste-afirmó él en tono casi celoso.

-No, fue antes de eso. En algún momento me di cuenta de que la gente quería mi autógrafo por ellos mismos, no por mí. No me malinterpretes; todo eso me encantaba. Pero una vez, después de que Charley y yo, en aviones separados, habíamos pasado tres días sin dormir, en vuelos de rastreo sobre un enfurecido bosque en llamas, me dijeron que el Presidente me llamaba para felicitarme. Yo estaba sentada allí, en una silla dura de alguna oficinita sucia, y pensé “No, de nuevo no”.

Sonrió y siguió hablando.

-Creo que, cuando llegas al punto de que una llamada del Presidente de los Estados Unidos te provoca nada más que aburrimiento, también llegó el momento de hacer otra cosa.

William permaneció en silencio un instante.

-Normalidad. Dijiste que querías normalidad. ¿ Qué es lo normal?

Ella le dedicó una sonrisa forzada.

-¿Cómo podría saberlo? Nunca lo vi, y menos lo viví. Pero no creo que recibir llamadas del Presidente, beber champaña en globos de aire caliente, vivir en hoteles y ser rico un día y pobre al siguiente sea lo normal. Es excitante, pero también muy cansador.

Él se rió entre dientes.

-Es verdad que todos queremos lo que no tenemos. Yo tuve la vida más normal del mundo. Fui a las escuelas adecuadas, estudié administración de empresas, y después de la universidad volví a Chandler para ayudar a administrar la empresa de la familia. Lo más excitante que hice fue pasar tres días en México con uno de mis hermanos.

-¿Y?

-¿Y qué?

-¿ Y qué hicieron en México durante esos tres días? -Comimos. Vimos los paisajes. Pescamos un poco. –Se detuvo. -¿De qué te ríes?

-¿Dos hombres jóvenes, solos en un lugar tan divertido como México y fueron a ver los paisajes? ¿Ni siquiera se emborracharon?

-No. -William sonreía. -¿Qué fue lo más excitante que hiciste?

-Sería difícil elegir. Las caídas en picada y con giros son muy excitantes. -Levantó la cabeza. -Cierta vez, un conde veneciano trató de arrancarme el vestido.

-¿Eso te pareció excitante? -preguntó William con frialdad.

-Lo fue, si tienes en cuenta que íbamos volando a diez mil pies y él se arrastraba por el avión hacia mí. Unas pequeñas inclinaciones hacia un costado lograron que volviera a su asiento. Pero gritaba que un aeroplano era el único lugar donde todavía no le había hecho el amor a una mujer.

William rió.

-Cuéntame más. Me gusta escuchar cosas acerca de tu vida. Está muy por encima de la mía.

-No estoy segura de que eso sea cierto. Una vez hice un aterrizaje con hélice calada… Eso quiere decir con motor parado… En un aeroplano sin ruedas y con la mitad de las alas. Eso fue más excitante de lo que yo deseaba.

-¿Qué países te gustaron más?

-Todos. No, hablo en serio. Cada país tiene algo para recomendar, y yo trato de pasar por alto las partes malas.

William permaneció en silencio unos segundos, mirando el fuego.

-Charley fue un hombre de suerte al compartir tantos años contigo. Lo envidio.

Ella dio vuelta la cabeza para mirarlo, frunciendo la frente en gesto de concentración.

-Hablas como un enamorado.

-¿De ti? Sí, lo estuve. Solía adorarte desde lejos.

-Muy halagador. Pero aunque en ese entonces me hubieras dicho que me amabas y me hubieras ofrecido algunos de los millones de los Montgomery, igualmente me habría ido de Chandler .

Permanecían sentados uno junto al otro; el brazo de él se deslizaban sobre los hombros de ella mientras ambos contemplaban el fuego.

-¿Qué necesitas para inaugurar tu empresa de transporte?

-¿Lo preguntas en serio?

-Muy en serio.

Jackie, se concedió un momento antes de contestar. Podía tener un chichón en la cabeza, pero su cerebro todavía estaba intacto. Charley le había inculcado que un piloto sin dinero siempre debía tener en perspectiva aun amante de la aviación que sí tuviera dinero. “Bueno, ése es un matrimonio hecho en el cielo” , solía decir. Ella no quería aprovecharse de ese hombre, pero si estaba aburrido y tenía montones de dinero, tal vez pudieran encontrar algo que lo ayudara a ocupar su tiempo.

Tomó aliento, tratando de borrar su sentimiento de culpa. Si él quería hacer algo por ella, era porque la creía una heroína norteamericana. Pero si Jackie le sacaba dinero, eso iba a tener que ver con algo mucho menos altruista, algo mucho más primitivo, como poner pan sobre la mesa y tal vez algunos vestidos realmente hermosos en su guardarropa.

-Un par de buenos aviones livianos. Un mecánico de tiempo completo, hangares, unos cuantos aeroplanos viejos para desarmar y utilizar las partes en otro aparato, dinero para sueldos hasta que yo pueda pagar a los pilotos.

-¿Alguna otra cosa? ¿Un socio quizá?

Enseguida se dio cuenta de que William se estaba proponiendo a sí mismo. No era el momento de tomar esa decisión. De su cabeza todavía manaba sangre, y sus pensamientos, no eran claros. Sin embargo, resultaba delicioso pensar en ese hombre en calidad de socio suyo. Con una sonrisa, levantó la vista hacia él.

-¿Quiénes son tus padres?

-Jace y Nellie.

-Ah, eso lo explica todo. Esos dos son padres de la mitad del pueblo.

William sonrió. Toda su vida había oído bromas acerca de        la cantidad de niños que había en su familia.

-Doce en total.

Comenzó a vaciar la enorme canasta de picnic, que parecía contener la suficiente cantidad de comida para alimentar a media docena de leñadores. Sin decir una palabra, empezó a preparar un sándwich. Jackie lo miraba atónita mientras él le ponía lo mismo que le hubiera puesto ella: carne en cantidad, montones de mostaza, tomate; luego cortó un pepino dulce y colocó las tajadas sobre el tomate, más dos hojas de lechuga para que el pan no se humedeciera. Al observarle la cara, Jackie se dio cuenta de que él no prestaba ninguna atención a lo que hacía; estaba concentrado en vaya a saber qué cosas que le pasaban por la mente. Pero resultaba extraño que le preparara un sándwich tal como a ella le gustaban sobre todo porque sus sandwiches eran únicos.

-Mira lo que hice -dijo William-. Primero te iba a hacer   un sándwich y ahora… -La miró. -¿ Qué prefieres?

-Justamente uno como el que estabas preparando.

La hermosa cara de él mostró por un instante una expresión de consternación; luego sonrió.

-¿De veras? Todo el mundo odia mis sandwiches. -Los míos también -dijo ella al extender la mano-.

¿Qué te parece una mitad? Luego yo haré el segundo. Yo les pongo aceitunas en lugar de pepinos.

-Y después todos se quejan porque las aceitunas se caen. -Los estúpidos no saben cómo sostener el pan.

Se miraron por encima del sándwich y sonrieron. -¿Qué piensas del ketchup?

-Lo odio.

-¿Cebollas?

-Abrumadoras. N o te permiten sentir el sabor de las otras

cosas.

-¿Palomitas de maíz? -Podría comer montones. ¿Tú?

-Lo mismo. -Recostándose sobre los codos, William miró hacia el fuego y ella supo que se estaba preparando para decir algo importante. -Si aparezco con el dinero para comprar unos aviones y las otras cosas, ¿me tendrías en cuenta como socio?

-¿Alguna vez volaste?

No importaba si lo había hecho, pero la pregunta le daba tiempo para pensar. Aun cuando no fuera un Montgomery, poseedor de todo lo que el nombre significaba, ella sabía juzgar a la gente, y este hombre era roca sólida. A veces, las cosas podían ponerse turbulentas en un aeroparque, tal vez aterradoras cuando se producía un accidente, pero Jackie presentía que este hombre no sería presa del pánico aun cuando estuviera sobre un volcán. El problema radicaba en que sabía que estaba lista para involucrarse sentimentalmente con él. Habían pasado dos años desde la muerte de Charley y más de un año desde que había vuelto a Chandler, y se sentía sola. Estaba cansada de comer sola, de dormir sola, cansada de sentarse sola a la tarde sin nadie con quien hablar. y este hombre era muy, muy atractivo, tanto física como espiritualmente.

-Tomé clases durante dos años -respondió él, mirándola con ojos casi implorantes.

-Muy bien -dijo ella, y cuando lo hizo sintió un leve estremecimiento en el cuerpo. Le gustaba ese hombre, le gustaba mucho. Le gustaba la manera como encaraba la responsabilidad, le gustaban los temas a que se refería al conversar, le gustaba cómo se movía, cómo comía, lo que comía. Le gustaba su forma de besarla, lo que le hacía sentir cuando la besaba. En toda su vida, no recordaba haber gustado de un hombre de esa manera tan simple y anticuada. Se había sentido atraída por hombres en otras ocasiones -sería una mentirosa si no lo admitiera-, pero había una diferencia entre la atracción sexual y el deseo de ser acunada por un hombre y comer palomitas de maíz con él y contarse secretos.

Unos años antes Jackie, había conocido a un piloto que Charley había contratado para trabajar con ellos. Era tan divinamente buen mozo que ella casi no podía hablarle; la primera vez que lo vio, dejó caer una llave de tuerca justo en el motor, y casi le dio a Charley en la cabeza. Durante varios días permaneció muda en presencia de él. Pero al cabo de unas semanas se acostumbró a su apariencia, y después de pasar seis meses trabajando con él, ya no recordaba que le había parecido buen mozo. En su largo y feliz matrimonio con Charley había aprendido que lo importante entre un hombre y una mujer era la amistad.

-Muy bien -dijo al extender la mano para estrechar la de William-. Pero con una condición.

El le tomó la mano y la sostuvo con firmeza.

-Lo que sea. Lo que tú quieras.

-Deberás decirme cuál es tu deseo más secreto y oscuro y quiero la verdad, nada de contratos de dominio público. William emitió un gemido.

-Eres una negociadora feroz, Jackie O’Neill.

Ella no estaba dispuesta a soltarle la mano.

-Dímelo o no trabajaremos juntos.

-Está bien -repuso él con una sonrisa forzada-. Tú me haces un sándwich con aceitunas de vez en cuando, y yo te cuento la verdad sobre México.

-¿Cómo? -dijo ella, levantando una ceja.

En la vida de una persona hay ocasiones que son mágicas, y esa noche fue una de ellas. Más adelante, Jackie pensó que esa noche fue perfecta, perfecta en todo sentido, desde el novelesco rescate y la romántica herida en su sien, hasta el hombre buen mozo que se hizo cargo de ella. y bien que se hizo cargo. Se aseguró de que estuviera alimentada, a salvo del frío y cómoda. Más que eso, la hizo sentirse bien. La halagó al conocer cada una de las pruebas aéreas que ella había realizado, cada récord que había establecido, cada accidente que había sufrido. Era casi como si hubiera estado enamorado de ella durante años.

Hablaron como si fueran viejos amigos; amigos, no amantes. A menudo, Jackie se cansaba de los hombres cuyo único interés residía en tratar de llevar mujeres a la cama, que dirigían cada una de sus palabras, cada uno de sus gestos hacia ese fin. Se vanagloriaban de sí mismos, hablaban del dinero que tenían, de las tierras que poseían, de cuánto mejor eran que otros hombres. Pero conversar con William resultaba tan cómodo como con una amiga.

En algún momento de la noche le había sugerido que se acostara en el camastro de mantas y que apoyara la cabeza en su muslo fuerte. Apoyado contra un árbol, le acarició el pelo y la impulsó a hablar sobre sí misma. En pocos segundos, Jackie se descubrió hablándole de Charley, de los años vividos con él, de los contratiempos y las frustraciones, los triunfos y los fracasos.

A su vez, él le habló de su vida perfecta, o al menos así describió lo que a Jackie le pareció una situación ideal. Nunca nadie había sido cruel con él, nunca nadie le había mostrado antipatía en forma instantánea, nunca había tenido que luchar por nada.

-Mi vida me obliga a cuestionarme acerca de mí mismo. Si fuera sometido a una prueba, ¿podría salir adelante? -preguntó, frunciendo la frente al fuego-. ¿Podría hacer algo sin el dinero de mi padre y el respaldo del apellido Montgomery?

-Por supuesto que sí -contestó Jackie–. Te sorprendería lo que serías capaz de hacer en caso necesario.

-¿Algo así como aterrizar después de que un águila haya chocado contra la hélice?

-¿Eso fue lo que sucedió?

-Hiciste bajar ese avión con tanta facilidad como alguien que se levanta de una silla. ¿Estabas asustada?

-Tenía demasiado que hacer como para estar asustada.

¡Eh! -Levantó la vista hacia él en medio de la suave oscuridad.

-¿Por qué no te casaste? ¿Por qué ninguna mujer te conquistó todavía?

-No encontré a la mujer que deseaba. Me gusta que la mujer tenga una cabeza sobre los hombros.

-Una cabeza hermosa, sin duda -comentó Jackie con tono sarcástico.

-Eso es menos importante que lo de adentro.

-¿Sabes? Me gustas. De veras.

-Y tú me gustaste siempre.

Ella permaneció en silencio un instante.

-Quisiera poder recordarte.

-Hay tiempo suficiente. ¿Tienes frío? ¿Hambre? ¿Sed?

-No, nada. Estoy perfecta.

-Eso es verdad.

Jackie se sintió incómoda ante el cumplido, pero también complacida.

-¿Cuándo quieres empezar… eh… nuestra sociedad? “¿Cuándo quieres empezar a gastar enormes cantidades de dinero juntos?” , era lo que quería preguntarle.

-Mañana debo ir a Denver por unos días, y allí sacaré dinero del banco. Volveré el sábado. ¿Qué te parece si voy a tu casa a la tarde? ¿Puedes darme una lista de lo que necesitas para que lo consiga en Denver?

Jackie rió.

-¿ Qué te parecen unos pocos aeroplanos, para empezar? -¿De qué tipo te gustarían?

Él hablaba en serio mientras que ella se lo tomaba a broma, pero de repente también Jackie se puso seria.

-¿Qué te parece un par de Wacos? “Y más adelante, tal vez, un aparato que pueda llevar una docena de pasajeros ricos con gran elegancia” .

-Muy bien, veré lo que puedo hacer.

-¿Así, tan fácil? -se asombró ella-. ¿Hago una seña y aparecen dos aeroplanos nuevos?

-No son gratis. Yo vengo con ellos. Tienes que aceptarme con los aeroplanos.

Eso no parecía un gran castigo.

-Supongo que a caballo regalado no se le miran los dientes. -Se desperezó, bostezó y acomodó la cabeza contra la pierna de él.

-Creo que sería bueno que ahora durmieras -dijo William mientras le acomodaba la manta.

-¿Y tú? -preguntó Jackie casi entre sueños-. Tú también necesitas dormir.

-No, me quedaré despierto y vigilaré el fuego.

-Y me protegerás -murmuró Jackie al cerrar los ojos.

No, no creía que fuera a haber problemas con la confiabilidad de ese hombre. Se durmió con una sonrisa, sintiéndose tan segura como si se encontrara en su casa, en su propia cama, no al aire libre con los coyotes aullando a lo lejos.

Lector

28-07-2010

Te leo en un libro.
Te conozco,
te amo entre líneas.
Tú no lo entiendes.
Y es que leer esos versos
es como leer tus labios mientras caminamos,
es como leer tu mente mientras lloras,
es como escucharte una y otra vez, a pesar del ruido del infierno.

Le Plaisir*

Breath me everytime you close your eyes…
Taste me…(8)

(Sin nombre)

Desde las entrañas…

Le Plaisir*

La tierra llama en ausencia de la primavera.
La lluvia no fue suficiente e innundó el campo.
Una vez más, la cosecha es en vano.
¿Qué crecerá de la tierra sin siembra?
¡Nada, solo sueños y quebrantos!

La tierra se agrieta bajo el sol ausente.
La tierra se endurece y se agolpa en el arado.
Los zurcos vacíos la hacen llorar.

Sus brazos en cuna solo al aire pueden tocar,
sus labios dulces aún olvidan cómo cantar.
Sus manos se retuercen sin poderlo acariciar.

En sueños se oye la risa,
el llanto que no se ha de escuchar.
En ilusión se ama la boquita que no beberá.
Duele todo el cuerpo, toda la tierra espera…

El campo seco y marchito sin haber sido sembrado
acuna el vacío, pare el silencio, amamanta suspiros.
El arado se llena de agua,
las manos acarician la nada.

¿Cuándo llega la primavera?
Primavera ausente, inexistente.

La tierra fértil en invierno la detienen.
El campo materno en hielo se mantiene.
La cuna vacía, los pechos turgentes,
el vientre cálido, los labios tibios,
el alma anhelante,
la realidad ausente.

¡Criocirugía!
La futura madre en estatua de cera se convierte.
Con luces especiales se conserva.
La tierra fértil en  invierno la detienen.

Le Plaisir*

Carroña rapaz

Las alas se rompieron de tanto aletear.
Las navajas que las rodeaban han actuado.
Las alas cayeron como botellas al suelo: quebradas.
Los vidrios rotos cayeron en tremendo holocausto.

El ave rapaz se ha vuelto alfalfa, polvo.
Sus alas fueron puestas en una vitrina.
Sus ojos en formol, su vientre tras cadenas,
sus manos mutiladas, sus pies engrillados.
Su cola…¡fue convertida en abanico!
Todo en ejemplo de responsabilidad,
de buena crianza.

El ímpetu le hizo reventarse,
chorrear contra la caja de vidrio.
En el centro de la madeja se encuentra,
sin alas, sin vuelo, vuelto carroña.
Ahora, debe comenzar nuevamente, pero despacio.
Despacio a deshacer el mundo,
a deshacer la madeja.

Le Plaisir*

 

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